
Pensaba que quería ser Papa, pero le gustaba tanto hacerse la paja que no imaginó un futuro por ahí.
Mentiras rigurosamente ciertas, cultura tullida y pesca

Un disco raro. Más maldito que oscuro. Menos afrancesado y más tanguero. Lo quiero, porque nos llevó a lugares que nunca pensamos ni siquiera tocar musicalmente. Hay muchos demonios dentro y siguen ahí intactos. 
Las cañas estaban acomodadas como cañones. Apuntaban al cielo y del último pasahilo colgaba una campanita. El cielo gris, la amenaza de lluvia, no le movía un pelo. Jesús, así se llamaba el hombre, tenía una sabiduría masticada en horas y horas esperando que esa campanita de mierda sonara de una vez por todas y delatara el pique de algún bagre o “amarillo”. Desde que el río esta podrido por dentro y por fuera eso ocurre con la frecuencia de las erupciones volcánicas. Entonces, ¿qué queda? Pensar. Hasta el individuo menos pretensioso respecto del acongojante acto reflexivo caería en
“Flaco, mirá, yo me vengo acá para escaparme de casa”, dice como una obviedad, aunque por la traza de su rostro podría intuirse que se fugó de una cárcel de alta seguridad. “Es así. Las mujeres viven de la reacción: no tienen otra manera… Necesitan que pase algo para tener una opinión; con el tiempo todos sus pensamientos terminan siendo negativos y el único boludo que tienen adelante sos vos. Son negativas porque reaccionan y, tienen razón, porque las cosas que pasan son malas, pero a veces es mejor dejarlas pasar” comenta con la mirada fija en la campanita. “Tienen un aguante impresionante para cargar el tanque de angustia… llenan el tanque, lo bajan y lo vuelven a llenar varias veces en el día”, acomodó el relato. Parece que Jesús había llenado el tanque, pero de vino, porque las palabras salían un poco flojas y alargadas. “Sos casado”, interrogó. “Aaahh… entonces cagaste. En algún momento te va a pasar que todo lo que hacés está mal. Es como que necesitan de vos para putear, porque sino no tienen en qué pensar. Uno empieza contestando, se enoja; después tratás de no darle bola y elegís ser medio autista; al final te fugás. Los que tienen guita se van con otra, los que no, vienen a pescar, flaco, así de simple”, dijo.
-Tin,tin,tin, sonó la campanita.
(Continuación)
A los negros les encanta Marco Antonio Solis. En eso divagaba Lucas cuando subió a un taxi en Corrientes y Paseo Colón. El conductor a pesar de sus limitaciones dialécticas empezó a hablar. Alguna fuerza de la naturaleza parecería impedirles a estos seres de la calle mantener la boca cerrada.
“Q, q,q,q,q, que,e, fenómeno Solís” dijo el conductor tartamudo. “T,t,t,t,tiene u,u,u,unos temas románticos q,q,q, te hacen llorar”, agregó y, sin que Lucas le prestara mucha atención, tiró: “E,e,e,el m,m,mejor es uno que habla de cómo su mujer lo b,b,bancó c,c,c,cuando no era n,n,nadie”.
Qué mentiroso resultó Solís pensó Juan mientras reflexionaba sobre el hecho de que una mujer soporte a su hombre en las malas. Imposible, se dijo. “Cosa de negros” apuntó mentalmente
Lucas estaba maltrecho. Fumaba mucho. Los dedos amarillentos por la nicotina y la camisa a rayas arrugada y algo manchada no dejaban lugar a segundas interpretaciones. El tipo estaba hecho mierda. Su vida caía en picada. Después de haber saboreado las mieles del joven empresario exitoso, una palabra, una bestia que salía de su boca sin el menor filtro lo había arrastrado al bajo fondo humano. La última reunión como empresario había sido un fracaso.
Después de ese episodio todo empezó a desbarrancarse. Las deudas se comieron las oficinas, los trajes, el auto, la casa y la autoestima. “Sorete”: el término diabólico había terminado con él. O casi. Había empezado un tratamiento psicológico cuando descubrió que no podía librarse de la palabra “sorete” y que ya le había traído demasiados problemas. El profesional de la mente, un manosanta más del oficio, recomendó cambiar de estilo de vida. Pero: ¿cómo cambiar algo que se ama? El problema era otro. La cosa es que dejó de decir “sorete” cada dos palabras.
Por algún dispositivo mental perverso, ahora se le había pegado, añadido, otro término: “Negro”. A todo le decía negro. Todos eran negros. Y negras eran las perspectivas de su vida. Tenía que sacarse de encima eso. Y en eso estaba cuando en el taxi comenzó a apuntar mentalmente: “Q,q,q, n,n,n,e,e,egro de mierda”.
Solis sonaba en la radio y parecía reir.
(Continuará, tal vez)
Acepto posibles descenlaces: ¿redención o muerte?

Lucas Márquez nació en una buena familia de Buenos Aires. Estudió en un colegio privado y logró granjearse de amistades importantes. A los 26 años había entendido la naturaleza humana que lo rodeaba de una manera sorprendente. No pensaba en la muerte o en Dios. Tampoco en el amor. Menos aún en la utilidad del hombre o esas forradas. Sus devaneos, despierto o dormido, estaban focalizados en un solo y único tótem:
Desde hacía algún tiempo cargaba con algo denso. Insoportable y tóxico. Sucede que cada dos frases –a veces incluso en ráfagas- repetía la palabra “sorete”. Todo era “sorete” para él. “Ese tipo siempre fue un sorete”; “¡Hay que ser sorete!”; “¡Que restaurante sorete!”:; "¡Me tengo que fumar ya un sorete...!".
Era una manera de expresarse que por alguna razón se le había impregnado, pegado y adherido a la lengua con brutalidad. Para él, un chico promisorio, la imagen resultaba fundamental. Y ahí estaba esa palabra carcomiendo todos sus fundamentos, bajándolo al subsuelo de las criaturas ordinarias.
Hace un año su novia Alejandra se fue. Lo abandonó. Nunca supo porqué, o en todo caso, las explicaciones le sonaron inverosímiles. Siempre había sido muy atento y funcionaba como un sistema basado en la satisfacción ajena primero, para obtener la propia después. Nunca fallaba. Pero Alejandra decidió terminar.
Intimamente pensó que era por esa palabra: "sorete". Había recibido advertencias sobre el abuso que hacía de ella para casi todo. Incluso pensaron juntos algunos substitutos (bajón, embole, etcétera), pero ahí estaba acechando siempre lo mismo: “sorete”. La cosa pugnaba por salir de su boca a toda costa. Cuando Lucas terminaba por distraerse, en medio de una conversación cualquiera, el dicterio, aparecía con un ímpetu infernal. Lo pronunciaba claro y exagerado: “sssoretttttte”. Así con la "T" bien marcada, lo cual, le daba una fuerza inusual a un término que sonaba sucio, escatológico y algo pervertido. Alejandra, supuso él, un día no aguantó más.
Con el tiempo, algo que todavía resultaba menos divertido, empezó a usar “sorete” también para calificar las cosas que le agradaban. “Sorete de plata” decía. O “sorete de auto” opinaba él y desconcertaba incluso al transpirado vendedor de autos. Una vez, un amigo, le había contado que una chica con la que había salido empleaba también el término “sórdido” o “decadente” para las cuestiones que le atraían. “Estoy re decadente” le contó que solía repetir la chica cuando se vestía bien. Invertía sensualmente los significantes. Ojo, su amigo le aclaró, que a la chica le gustaba el agua sucia de verdad y que no se trataba, como él, de un muchacho con aspiraciones. Lucas estaba cada vez más deprimido.
El asunto llegó a su punto más alarmante un tarde en una importante reunión de trabajo. Lucas había planificado la venta de un sistema de informática a una empresa y sólo restaba cerrar el contrato con los dueños de
-“Los términos me parecen correctos señor Márquez. La única duda es que hay otra compañía que nos propone soluciones similares con una cotización ligeramente menor”, pronunció el empresario.
Lucas reflexionó. Miró hacia
-“Esos no saben un ssooorrettttte….. nada…..perdón…. no están en el neg….de la inform…” Y su voz terminó apagándose, volviéndose débil y ligeramente lasciva...

Andrés leyó: "Este cambio responde a la necesidad de fortalecer la llegada a nuestras audiencias estratégicas mediante un manejo coordinado de nuestro portfolio de marcas, formatos y temáticas".
¿Cómo?, pensó. Quería saber si lo echaban o no, pero Andrés, como tantos otros, deberá esperar.
Los encargados de eso que llaman marketing en las empresas son unos imbéciles. Junto con el abuso de la palabra "sinergia" que, a no confundirse, sólo quiere decir, "eso que tenés que hacer por mí", estos tipos hallaron un lenguaje que suena bien, que calza perfecto en su microclima, que queda sofisticado, pero que no es otra cosa que una galimatía detrás de la otra sin sentido.
Otra vez, el amigo DF, nos hizo notar algunas características de esa especie de código morse que utilizan con todo el mundo algunos personajes para jactarse. De tanto repetirlo, el resto también empieza a usarlos y, entonces, estos malditos creen que han ganado otra batalla cuando lo escuchan en boca de otro.
Igual no es exclusivo de los corrosivos hombres y mujeres del marketing sino también de la gente a la que le gusta presumir con la tecnología. Entonces viene esto: geek, teki, linkear -cada dos palabras-, smartphone, gadgets, etcétera. Todas palabras que ellos suponen con un significado fundamental para la vida de sus clientes o de nosotros que seríamos lo mismo. ¿Saben qué es un gadget? Una boludés que se bajan algunos en la pantalla de la computadora para jugar, por ejemplo, al Simon -jueguito estúpido si los hay- o un relojito pedorro de diseño.
También en otros ámbitos han surgido términos importados, deformados y bobos. En el periodismo no se habla más de notas: ahora son features. En el ambiente del cine no se habla más de ir a ver una locación o recorrer un terreno para filmar, sino de scouting -esto lo escuché hace poco en una cena con amigos que disfrute muchísimo, cabe aclarar-. Estos términos han cobrado un peso gigantesco capáz de aplastar a los inadaptados de siempre que prefieren hablar de "reportaje" o de "colaboración" en lugar de "sinergia".
Ojo: lo peor hoy en día es decir "empresa" en lugar de "compañía". Eso sí que significa el automático destierro. Compañía, al parecer, suena perversamente amigable, algo que le encanta a esta gente lanzada a decidir sobre los mortales.
Andrés nunca va a saber si lo están "invitando a dejar la empresa", como suele decirse, o si se trata de un mensaje en clave para cagar al que está sentado a su lado.
¡Bienvenido al mundo muchacho!
Feliz 2009: Mi amigo DF me lo contó entre resignado y apenado hace casi un año. Sentí un escalofrío en
Ayer terminó tocándome. La trinchera de cajitas de plástico y cintas con cartones escritos a mano que había mantenido no sin poco esfuerzo inexpugnable cayó vencida. La tierra y la mugre que se habían acumulado en los estantes precipitaron
Con mucho dolor debo anunciar oficialmente que he tenido que desprenderme de cientos de cassettes que atesoraba como una clave de otros tiempos. El nulo uso que últimamente hacía de ellos tampoco ayudó en los argumentos para defenderlos sumado a un hogar que revienta de cosas. No he sido cobarde. Intenté conservarlos con valentía. Logré llegar más lejos que algunos de mis compañeros. Pero en algún momento de la guerra, un descuido cuesta la vida y hay que enfrentar los hechos.
Xmal-Deuschland (recuerdo cuando lo puse en su féretro), The Cure –con eructos inéditos de RS-; And Also The Trees (todos), marchas alemanas e italianas; Bauhaus (la mayoría), una treintena de demos de AT; ignotas y excelentes bandas nacionales (Petronilo, recopilaciones varias), Residents (originales) y Van der Graff, Suicide y Swans; The Mission, Bauhaus, Love and Rockets; The Smiths y Nick Cave, autores de tango; Leonardo Fabio, Elvis y hasta uno de Cacho Castaña fueron a parar a la calle.
Había tanto y de tantos artistas que se me cae un lagrimón.
Me imagino la cara de quien los encuentre. Quizá contribuya en mi vecindario a cambiar algo del tono regeatonero que todo lo carcome. No lo creo. Estos changos tienen equipo de última generación y la casetera ya no existe.
Recuerdo que cuando a DF le tocó la racia cayó al trabajo con una bolsa de plástico clandestina y me la entregó de manera entre morosa y cómplice. Habría unos cuarenta cassette adentro. No se había animado a tirarlos y me los traía en un impulso desesperado por resguardarlos. Estaba pidiéndome asilo para sus criaturas. Dejé la bolsa por ahí. No podía hacerme cargo. Mi situación, por aquellos momentos, podría definirse como delicada. Exhibirme por ahí con esos objetos, lo siento, significaba una provocación.
En mi caso, sólo he podido rescatar de la racia unos veinte ejemplares. Fue el resultado de una larga negociación (había cintas de AT y autores que no conseguiría jamás).
Sólo puedo decir en mi defensa que luché hasta donde pude.
Ahora, la historia será quien me juzgue…